Esclavitud
la corte está en el corral y no es más sabia
Después de una mala noche Goya podría haber inventado los pavos. Casi ahogados en tinta, con crestas blandas y mollejas marcianas, se confunden y conspiran afuera, en la sombra, colgantes comparado con las gallinas, lánguidos, agachados como grandes capullos y pavoneándose al caminar. Nada de esto parece necesario, el retiro forzado de expertos, de generadores de ingresos, de estrellas con capas de seda ajadas, todos embriagados que sabían de elegancia y ahora deben imitarla... las piernas pierden terreno ante un impulso secreto, y se estremecen, inclinaciones serviles de extremos bulbosos, pechos enormes e inclinados que tiemblan, en una farsa de decoro; la cara, un harapo caído con ojos autoadhesivos descuidados, como un anillo de sello. Cuando se arrodillan para descansar, los pavos siempre pierden la expresión. La hoja rojiza que ata sus cabezas a la esclavitud se atora, se agita, se afloja, deja que sobresalga el pico débil y brillante, con acné de corral, y un trozo de carne gotea desde la punta y garabatea rosa una bolsa pesada. Descarnado, el viejo ojo busca y divaga. Necesitan un empresario, necesitan folclore. Necesitan reliquias religiosas, leyes para el orden y gobierno, y grandiosas asambleas de vástagos con coronas cobrizas y contraltos desgarradores. Esto no lo tendrán. Al lado, la tribu de gallinas se agacha y escarba, deambulando con un propósito pechos picoteados, desnudos, manchados por amigos o rivales. Oh dorado temblor, el gallo a cargo se contonea y canta: la corte está en el corral y no es más sabia. Abatidos bajo las hayas, los pavos asienten y comen, retorcidos, con el ceño fruncido entre espasmos orales de histeria, como si sus antiguos súbditos los atormentaran con buenos chismes, retazos y toques del cielo que se extrañan.
—Molly McQuade
Publicado originalmente en The Paris Review n.º 153. Traducción propia.
